




La Primavera con su eterna mano fecunda modeló al colibrí; le dotó de un zumbido que recuerda al silbar del viento vespertino, le imprimió en su plumaje todos los colores del arcoiris, y le dió la gracia de un hada del bosque. Te conocí en Primavera; yo estaba posado en una rama mirando mi reflejo en el agua del estanque cuando divisé la flor más exquisita que hubiera podido imaginar. Rápido y veloz volé hacia tí en fatal picada suicida. Al llegar ante tí revoloteé sin decanso extasiado por el aroma y los colores de tu palpitante corola. Impulsado por mi naturaleza sensual y melífera me acerqué para acariciarte en los pétalos con mi pico en una convincente danza sexual. Un tanto sorprendida por mi súbita aparición, deslumbrada abrías y cerrabas tímidamente tu corola sin acertar a dejarme pasar. El color de tu piel subía gradualmente de intensidad exhacerbando mi pasión floral. Era tal la insistencia y el atrevimiento de mis vehementes caricias que rápidamente te convencí de mi genuina urgencia, y como adivinando que ambos éramos dos criaturas de la misma Primavera, exhalando un gemido, cediste al fin abriendo totalmente tu húmeda flor mojada por la brisa de abril dejándome penetrar urgente y avasallador al salón principal de tu santuario. Yo aleteaba frenético abrazado por tus pistilos, sorbiendo con delicada apuración tu néctar exquisito. Mi aleteo causó en ti los efectos deseados: ajena a la realidad abrías y cerrabas tus pétalos arrastrándome cada vez más y más hasta lo más íntimo de tu fondo. Mi paroxístico aleteo alcanzó un mutuo clímax haciendo que ambos nos estremeciéramos violentamente envueltos en un estertóreo vaivén perlado de alharidos y rápidas convulsiones respiratorias. Por un momento descansé de mi agitación aérea envuelto en tu manto aprisionador. Así estuvimos largo rato, nosotros, el colibrí y la flor; tú semi inconsciente y divina; yo, exhausto y bañado en tu néctar, borracho de pasión. Nos separamos con gran esfuerzo de la adhesión infinita y carnal; tú me observas cual sirena con mirada alcohólica, yo yazgo desvanecido y resoplante a tu lado, embriagado de tí.
El colibrí y la flor comparten el mismo destino; son dos criaturas de la Primavera que se atraen mutuamente y sin remedio. Así somos tú y yo, y en cada ocasión de vernos, arremetemos uno en pos del otro fatal y felizmente atraídos para acabar como siempre lo hacemos: enlazados en una erótica danza al centro del escenario del claro del pantano, alumbrados por los cocuyos, al ritmo del coro de los animalillos del suelo y seguidos de cerca por los miles de ojillos que brotan celosos entre las enramadas del bosque.



