


Mi naturaleza es de fuego; siento tus hombros derretirse al contacto de mis manos, siento tu piernas doblarse al conjuro de mis besos. Soy el sable candente que penetra en tus secretos cual cuchillo en la mantequilla. Te resistes débilmente a mis manos que te aprisionan y te recorren furiosamente cual río caudaloso. Eres la roca golpeada una incesantemente por mis vaivenes de mar embravecido, eres el vulnerable estero inundado por mi inexorable marea de plenilunio, eres astilla que salta ante mi golpe fatal de arrecife. Eres salvajemente saudida por mis terremotos subterráneos. Luego de la tormenta, la calma; los resoplidos de toro de lidia, soy el león agotado que duerme pacíficamente en tu regazo, fiera resuelta en manso minino. Entonces me olvido, me retiro voluntariamente de tí hacia mis dominios privados como la marea se retira a las profundidades del mar, hasta que todos mis vientos infernales vuelven a soplar de nueva cuenta en dirección a tu costa, a tus piernas de nácar, a tus manos de marfil.
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