
Necesitaba decirle mi más íntimo secreto, el que me quemaba por dentro. Le confieso que me siento un poco avergonzado por mi mundana pasión, pero debía decírselo: Mi condición de hombre es seria y formal; dentro de mí habita una
flama que estaba ya lánguida y
parpadeante, solitaria, a punto de extinguirse. Entonces venida no se de qué cielos apareció usted con todo su magnífico esplendor... usted fue combustible para mi fuego. Mis llamas alcanzaron proporciones apocalípticas; mis temblores fueron
cataclísmicos y mis deseos brotaron salvajes e indomables por cada poro de mi piel. Era imposible contener tal incendio; no pude más, debía confesarle mi tragedia: la deseo, la deseo
tánto, y debía callarlo; se lo digo con toda la fuerza que me dicta mi inmemorial herencia de hombre. Debo decirle que cada vez que la veo se encienden mis fuerzas; se renueva mi alegría, cada vez que miro sus ojos me siento obligado a ser
Nemo, el navegante de tus mares; cada vez que no me ve y mi mirada furtiva repta en su pecho hasta su pecho siento un ahogo
torturante que me viene de adentro..., para qué le sigo... sería demasiado explícito y no quiero adulterar mi confesión. La deseo, es así de simple, la deseo sin recato y sin leyes. La deseo y haría cualquier cosa por quemarnos ambos en este fuego infernal que ha encendido en mí. Es usted como un regalo que me ofrece la vida; es la mitad que me falta, es mi trampa mortal, mi canción, mi cómplice, mi destino. La deseo con toda mi condición de hombre, con toda la fuerza de mis entrañas; la deseo como un hombre desea a una mujer, como hombre silvestre, salvaje y rotundo. Si me vuelve a mirar a los ojos busque bien dentro de mí y no se equivoque, ya sabe mi secreto; no dude ni un segundo que la deseo.
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