domingo, 26 de abril de 2009

CONFESIÓN

Necesitaba decirle mi más íntimo secreto, el que me quemaba por dentro. Le confieso que me siento un poco avergonzado por mi mundana pasión, pero debía decírselo: Mi condición de hombre es seria y formal; dentro de mí habita una flama que estaba ya lánguida y parpadeante, solitaria, a punto de extinguirse. Entonces venida no se de qué cielos apareció usted con todo su magnífico esplendor... usted fue combustible para mi fuego. Mis llamas alcanzaron proporciones apocalípticas; mis temblores fueron cataclísmicos y mis deseos brotaron salvajes e indomables por cada poro de mi piel. Era imposible contener tal incendio; no pude más, debía confesarle mi tragedia: la deseo, la deseo tánto, y debía callarlo; se lo digo con toda la fuerza que me dicta mi inmemorial herencia de hombre. Debo decirle que cada vez que la veo se encienden mis fuerzas; se renueva mi alegría, cada vez que miro sus ojos me siento obligado a ser Nemo, el navegante de tus mares; cada vez que no me ve y mi mirada furtiva repta en su pecho hasta su pecho siento un ahogo torturante que me viene de adentro..., para qué le sigo... sería demasiado explícito y no quiero adulterar mi confesión. La deseo, es así de simple, la deseo sin recato y sin leyes. La deseo y haría cualquier cosa por quemarnos ambos en este fuego infernal que ha encendido en mí. Es usted como un regalo que me ofrece la vida; es la mitad que me falta, es mi trampa mortal, mi canción, mi cómplice, mi destino. La deseo con toda mi condición de hombre, con toda la fuerza de mis entrañas; la deseo como un hombre desea a una mujer, como hombre silvestre, salvaje y rotundo. Si me vuelve a mirar a los ojos busque bien dentro de mí y no se equivoque, ya sabe mi secreto; no dude ni un segundo que la deseo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario